Las mujeres tienen un rol fundamental en el mundo. No solo son dadoras de vida, sino que también guardan en sus manos la posibilidad de lograr un mundo sin hambre ni pobreza.

Muchas de ellas, especialmente en países en desarrollo, trabajan en el campo y, por eso mismo, son la punta del ovillo para hacer que las cosas mejoren en el mundo. Si sus oportunidades crecen, los recursos de los que se sirven se gestionan mejor, las familias se alimentan de modo más nutritivo y el futuro de las comunidades se vuelve más prometedor.

En sus manos, las propiedades de los recursos naturales más preciados pueden llegar al mundo entero, generando ingresos para ellas, y dejando en sus manos el cuidado del ambiente que las vio nacer y les da cobijo.

Éste es el caso de Samoa, en el océano Pacífico, y de los Montes Marroquíes, en África, donde dos comunidades de mujeres hacen que lo natural pueda ser accesible al resto del mundo para compartir los tesoros que la naturaleza que las rodea les regala día a día.

Los cocoteros son, para los habitantes de Samoa, los “árboles de la vida” porque no solo los proveen de alimentos, sino también del aceite que utilizan desde tiempos muy antiguos para curar, proteger y suavizar la piel, entre otros usos cosméticos y medicinales.

Gracias a ese regalo de la naturaleza, con alrededor de 100 mujeres de la zona se conformó la ONG Women in Business Development (WIBDI, Mujeres en el Desarrollo Comercial), una cooperativa que brinda equipamiento y capacitación para producir aceite de coco orgánico de alta calidad. De esta manera, las mujeres pueden generar sus propios ingresos, hacerle frente al desempleo que obliga a muchos habitantes a abandonar la isla, y preservar su cultura, haciéndole llegar lo mejor de sus tierras a todo el mundo.

El aceite de coco, que obtienen a través de un procesamiento natural, luego se transforma en productos de belleza para la piel o el pelo en sitios muy alejados, y, de esta manera, todos pueden disfrutar de la hidratación, nutrición, protección, flexibilidad y fuerza que brinda naturalmente.

Cerca del Atlántico, en Marruecos, otro proyecto comunitario, llamado Targanine, ayuda a las mujeres a mantener a sus familias. Nuevamente aquí, junto con la mujer, el protagonista es de origen natural. Se trata de los árboles de argán, ubicados al pie de la cadena montañosa Pequeño Atlas. Si hay algo que comparten ambos, el árbol y la mujer, es su fortaleza: el argán puede sobrevivir sequías, vientos áridos y vivir hasta los 200 años.

Al igual que el de coco, el aceite de argán también fue, desde tiempos muy antiguos, el ingrediente principal de tratamientos de belleza por sus propiedades hidratantes y de renovación. Por ejemplo, aplicado sobre el cabello, brinda nutrición por su alta concentración de ácidos grasos poliinsaturados, especialmente el ácido linoleico (Omega 6), Omega 9 y los tocoferoles naturales, y otorga suavidad y brillo duradero.

Hoy, Targanine permite recuperar y preservar esas tradiciones, al mismo tiempo que cuida la fragilidad del bosque de Argán, que forma parte de la red de reservas de la Biosfera de UNESCO, y le da a las mujeres la posibilidad de producir ingresos propios realizando una labor manual de amor.

De ellas al mundo

Los aceites producidos por estas mujeres llegan al mundo entero mediante productos que priorizan ingredientes de origen natural, elaborados por compañías que tienen como prioridad reducir su impacto ecológico en el planeta.

En estas fábricas, los productos tienen una denominación de origen controlado, es decir, utilizan el nombre de la región para designar un producto cuyas características se deben al medio humano y natural en que se produjo y elaboró. De esta manera, se protege su origen y el productor se compromete a mantener ciertas tradiciones en la producción, así como en la calidad.

El compromiso es aún mayor cuando además, estas fábricas también buscan reducir sus desechos en la producción, ahorrar agua y energía, reducir su huella de carbono e incluso usar otras fuentes de energía, como la biomasa o los paneles fotovoltaicos. En esos casos, estaríamos frente a una “fábrica sustentable”.

Si cada vez más de estas fábricas existieran en el mundo, cada producto que comprásemos encerraría el fruto de un trabajo valorado, que conjugara lo mejor de los saberes ancestrales, con las mejores propiedades que atesora la naturaleza, cuidando al ambiente y haciendo feliz a quienes lo utilizan en todo el mundo.

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